Vivimos esta semana unos días de euforia socialista, justificada por la aclamada victoria en el debate de política general del pasado lunes y por la ventaja de más de seis puntos en intención de voto que el Pulsómetro de la Cadena Ser le otorga al PSOE. Sin duda, gran parte de este éxito se debe a la medida que, de forma sorpresiva, anunció el Presidente durante la primera jornada del debate: 2.500 euros por hijo nacido, adoptado o acogido de aquellos padres que sean residentes legales en España. Como cabía esperar, esta decisión ha sido muy bien acogida por la ciudadanía; siguiendo los datos de la misma encuesta, un 63% de los españoles considera la medida positiva,
si bien en diferente grado. Sin embargo, si reflexionamos sobre la conveniencia de esta decisión, llegaremos fácilmente a la conclusión que esta medida es poco equitativa, poco eficaz y, sin duda alguna, muy poco progresista.
Es innegable que todo gobierno, ya sea estatal, autonómico o local, debería tener como uno de sus principales objetivos el fomento de la natalidad: España es uno de los países del mundo con menor tasa de fecundidad y, aunque la tendencia a la baja ya hace unos años que se invirtió, en parte gracias a la inmigración (con mayores tasas de natalidad), sigue en niveles peligrosamente bajos. En 2006, sin ir más lejos, se situó en 1,37 hijos por mujer. Muy lejos de los datos de otros países europeos como Francia (1,9), Reino Unido (1,7) o Suecia (1,7) y, desde luego, aún más lejos de la tasa de reemplazo generacional (2,1), con los problemas que ello conlleva, por ejemplo, para la sostenibilidad del sistema de pensiones, amenazado por el envejecimiento de la población. No cabe duda: es necesario incrementar el presupuesto destinado a ayudas a las familias.
Pero, ¿cómo? En Europa, encontramos dos grandes modelos de ayudas a las familias: el cristiano-demócrata o liberal, de países como Francia, Alemania o Holanda; y el social-demócrata o de servicios, típico de los países nórdicos. Ambos modelos se caracterizan por dedicar un elevado porcentaje de su presupuesto social a esta línea, aunque de diferentes formas: mientras que los primeros optan principalmente por los “cheques”, o transferencias en metálico a las familias que tengan hijos; los segundos invierten los ingresos en mejorar los servicios públicos de escuelas de infancia, atención domiciliaria y mejora de las condiciones sociolaborales de los padres (especialmente las mujeres). ¿Y cuál es la principal diferencia, a efectos prácticos? Que mientras que los primeros perpetúan el modelo social de familia del ‘male breadwinner’ (el hombre trabaja y la mujer se queda en casa) y benefician especialmente a las clases altas, los segundos favorecen la igualdad de género y la equidad social.
Así pues, el ‘cheque ZP’ peca de estos dos defectos: no favorece a la mujer y no fomenta la igualdad de clases. En primer lugar, perpetúa la diferencia entre géneros porque, al efectuar la transferencia monetaria, interioriza la inercia social y cultural que atribuye a la mujer la función de quedarse en casa cuidando del hijo: se considera un pago a sus servicios de madre. Dándole la vuelta al argumento, sería mucho más eficaz invertir en buenas escuelas de infancia públicas (insuficientes, en la actualidad, para toda la demanda), para niños de entre 0 y 3 años, en las que se pudiera comenzar a educar a los hijos, mientras padres y madres trabajan; o incrementar la duración de los permisos de paternidad - y maternidad - de las 16 semanas actuales a las 96 semanas en Suecia; o iniciar políticas de conciliación de la vida familiar y laboral; o incrementar el índice de parcialidad del trabajo entre aquellos que han sido padres recientemente.
Además, continuando con el argumento anterior, esta medida incrementa la desigualdad social, por dos motivos básicos. En primer lugar, porque carece de progresividad: la recibirán familias tanto de clase trabajadora como de clase alta. ¿Es justo que una pareja de clase media, sin hijos, con unos ingresos de 1.5000 euros al mes, pague con sus impuestos los 2.500 euros de una familia que gana 10.000 euros y que acaba de tener un hijo? Y, en segundo lugar, porque si bien esta medida ayudará a las clases medias a soportar el gasto de la maternidad, el importe sigue siendo insuficiente para sufragar los gastos que acarrea el hecho de tener un hijo. En definitiva: las clases altas seguirán teniendo los hijos que quieran, sin preocuparse de los gastos; mientras que las clases trabajadoras no dejarán de hacer números para tratar de llegar a final de mes.
Y, de nuevo, las grandes perjudicadas siguen siendo las mismas: en un país donde los hombres siguen ganando más que las mujeres, y donde la mayoría de la población no encuentra plaza en una guardería pública, ni puede permitirse una privada o una persona que ayude en casa, es precisamente la madre quien renuncia a trabajar para cuidar de su hijo, con la consiguiente discriminación que ello conlleva. Y todo esto en un gobierno que hasta ahora ha demostrado una buena predisposición a luchar contra ella.
En conclusión, sí, hay que favorecer la fecundidad, pero no por la vía del populismo y de medidas tan conservadoras como éstas, sino por una apuesta clara y decidida por la mejora de los servicios públicos de ayuda a la familia: guarderías públicas de calidad y con plazas suficientes, unos servicios domiciliarios que, como aquellos que ayudan a la tercera edad, acudan tres veces al día a las casas de aquellas familias con hijos, para ayudarles a cuidarlos, permisos de paternidad de mayor duración y sin pérdida de poder adquisitivo, descuentos en productos de primera necesidad para los bebés, subvenciones a aquellas empresas que flexibilicen los horarios laborales para mejorar la conciliación de la vida familiar y laboral, y un largo etc. ¿Por qué? Porque estas son las medidas verdaderamente progresistas, que ahondan en la búsqueda de una sociedad más moderna, más justa y más equitativa.
Por cierto, una última pregunta: ¿contribuiremos todos los españoles con nuestros impuestos a pagar 2.500 euros por cada hijo que tenga la familia real a partir de ahora?
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