A falta de 80 días para las elecciones, tanto partidos como medios de comunicación se afanan por conseguir encuestas sobre la intención de voto de los ciudadanos, tratando de sondear la opinión pública para así enfocar de uno u otro modo la campaña electoral. Ahora bien, ¿qué fiabilidad puede tener un barómetro a dos meses de los comicios, cuando aún muchos ciudadanos no han decidido su voto? ¿Cómo se pueden compensar los efectos diferenciales de la abstención, o el ‘voto oculto’ al PP? Además, cuando es relativamente fácil manipular los resultados de las encuestas, en función de una posible intencionalidad política, ¿con qué medios podemos contar los politólogos para tratar de ‘predecir’, de algún modo, el posible resultado de la contienda? Tradicionalmente, se ha recurrido a variables no directamente relacionadas con el voto directo, para inferir de ellas un “voto probable”: el recuerdo de voto, la proximidad a uno u otro partido, la posición del ciudadano respecto a determinadas variables socioestructurales (categoría laboral, religión, ingresos, edad, etc.) o a temas concretos (excelencia vs. equidad; libre comercio vs. intervencionismo; seguridad y control de la inflación vs. mayor participación ciudadana y protección del medio ambiente, etc); y así una larga lista de cuestiones.
De todas ellas, la ideología, entendida como autoubicación en el eje izquierda-derecha, se ha demostrado como una de las que poseen mayor significación y, por tanto, capacidad predictiva del voto. Sin ir más lejos, en 2004, del total de votantes que se declara de izquierdas (posiciones iguales o menores a 5), el 84,3% votó a partidos de izquierda (IU, PSOE, BNG, ERC); mientras que del total de derechas (mayores de 5), un 89,6% votó a partidos de dicha orientación ideológica (PP, CiU, PNV) (datos de la encuesta postelectoral del CIS, 2004). La influencia de esta variable se comprueba también observando la distribución ideológica de los votantes de cada partido (ver gráfico 1). Es más, los datos de las últimas contiendas electorales muestran incluso la existencia un fuerte paralelismo entre la ubicación media del electorado español y el partido que gana las elecciones en cada comicios.
[GRÁFICO 1: % de votos según de la ideología]

Fuente: Encuesta CIS, 2559
Sin embargo, en un contexto en que las diferencias entre clases sociales (definidas tanto por categorías laborales como por distribución de la renta) parecen difuminarse, como consecuencia de una mayor movilidad social y de un incremento de la protección del Estado del Bienestar, y en el que aumenta la importancia de otros factores explicativos, como el líder, la coyuntura económica, la campaña electoral o algún tema político concreto; no podemos seguir teniendo una visión estática del eje izquierda-derecha. Erosionados, pues, los vínculos que unen a los votantes con un determinado grupo; y a este grupo con una posición ideológica concreta; los ciudadanos tienen cada vez más libertad para desplazarse a lo largo de este eje sin caer por ello en una incoherencia. Los datos así lo demuestran: la volatilidad entrebloques (es decir, el porcentaje de ciudadanos que cambian su voto de un partido de derecha a uno de izquierda) ha aumentado de forma considerable en las dos últimas elecciones; y, entre unos comicios y otros, también ha variado la distribución de los ciudadanos sobre el eje izquierda-derecha.
Este razonamiento nos lleva a un escenario en el que parece invertirse la relación causal: los ciudadanos no votan izquierda por el hecho de ser de izquierda; sino que se autoubican en la izquierda porque votan izquierda. En realidad, lo más probable es que se trate de un proceso de retroalimentación o endogeneidad: ambos factores son, a la vez, causa y consecuencia. De momento, sin embargo, nos quedaremos únicamente con la segunda parte del razonamiento: la relación entre voto e ideología. De entre todos los factores que pueden influir en el cambio ideológico de los ciudadanos, las de mayor relevancia parecen ser las estrategias de los partidos, tanto a través de los cambios en la agenda política, mediática y legislativa, como mediante su discurso político, la elección de sus líderes o la movilización de sus bases. Quizás en este sentido podemos entender la acción opositora del PP durante toda esta legislatura, buscando la polarización de la ciudadanía y una ‘derechización’ de parte del electorado.
En principio, parece que queda fuera de toda duda la capacidad de los partidos para influir en la autoubicación ideológica de sus votantes. Dos ideas parecen reafirmar esta teoría: por una parte, en España, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos, no existe una fuerte competencia centrípeta (por el ‘votante medio’) ni hay ningún partido en la actualidad cuyos votantes se ubiquen de forma mayoritaria en el centro (5,5). El más ‘centrado’, curiosamente, es el PSOE (que ronda el 4,5). Por otra parte, sólo partiendo desde este marco teórico podría explicarse que un partido como el PP, ubicado en torno al 7,5-8, pueda haber conseguido gobernar en solitario, pese a la ‘mayoría natural de izquierdas‘, tan comentada por González en su día, y que los datos corroboran.
Dicho esto, es interesante comprobar, gracias a los datos de los barómetros del CIS, como, efectivamente, la autoidentificación ideológica del votante medio español es muy sensible al contexto político y a las estrategias de los diferentes partidos. En concreto, a partir del siguiente gráfico, que recoge datos desde 1996, podemos elaborar un cierto paralelismo (sin ninguna pretensión científica, eso sí, basándome únicamente en la intuición) entre ambas variables, distinguiendo seis etapas diferentes:
[GRÁFICO 2: evolución de la media ideológica del electorado, 1996-2007]

Fuente: Barómetros del CIS
- Primeros años del gobierno de Aznar: cierto desgaste, fruto quizás de unas políticas económicas contractivas para cumplir los criterios de Maastricht, con el consiguiente descontento popular que eso pudo generar.
- De 1998 a 2001: son los años del “España va bien” y de la mayoría absoluta de Aznar, así como de la falta de liderazgo en el PSOE y IU.
- De 2001 a 2003: la mayoría absoluta lleva al PP al aislamiento político. Son los años del ‘decretazo’, de la huelga general del 20-J, del Prestige, del PHN. El votante medio se desplaza de forma paulatina, pero continua, de nuevo hacia la izquierda.
- Años 2003 y 2004: los datos muestran muy claramente y sin lugar a dudas que la victoria del PSOE no se fraguó el 11-M, sino en estos dos años. Con la Guerra de Irak como principal tema en la agenda de los medios (algunos, no todos), la izquierda se moviliza de forma excepcional, y la reacción en la ciudadanía no se hace esperar: la ideología del votante medio se sitúa en torno al 4,50. Curiosamente, la misma posición en que se ubica el PSOE.
- De 2004 a 2006: una vez conseguida la victoria electoral, y con el regreso de las tropas de Irak, la izquierda parece perder radicalidad; mientras la derecha trata de arrastrar a parte del electorado hacia sus posiciones, intentando introducir en la agenda pública temas como las dudas sobre el 11-M, la ruptura del consenso constitucional con el Estatut, la crítica al matrimonio homosexual o el cambio de rumbo de la política exterior española.
- De 2006 a 2007: resulta difícil distinguir una tendencia clara en este período, y sería muy arriesgado tratar de inferir tendencias a partir de oscilaciones que pueden deberse únicamente al margen de error de las encuestas.
Ahora bien, después de toda esta reflexión, ¿qué conclusiones podemos extraer en lo que respecta a las perspectivas electorales de PP y PSOE? Asumiendo que podemos inferir la intención de voto a partir de la ideología (algo bastante criticable desde un punto de vista metodológico, pero que aceptaremos buscando simplificar el análisis), todo parece indicar que los socialistas no lo van a tener nada fácil para volver a ganar con cierta holgura. El electorado se encuentra actualmente bastante alejado de aquel 4,50-4,60 de 2004. El PP ganó en 1996 con unos votantes ubicados en su media en el 4,70-4,80. Y el último dato publicado en este sentido se sitúa en el 4,76.
Por otra parte, también es cierto que la tendencia marcada por los datos de los últimos dos años (desde octubre de 2005), que detallo en el gráfico bajo estas líneas, es levemente descendente (hacia la izquierda), pese a las oscilaciones de una encuestra a otra. Además, hemos de observar que, a lo largo de esta legislatura, en ningún momento se ha superado la barrera del 4,80, por encima del cual parece demostrarse que el PP puede mantener sus expectativas de voto con cierta comodidad.
[GRÁFICO 3: evolución de la media ideológica del electorado, 2003-2007]

Fuente: Barómetros del CIS
Este análisis somero y poco detallado podría (y debería) complicarse mucho más: sería interesante estudiar la distribución de los votantes en torno al eje ideológico, y sus cambios, para tratar de distinguir si los cambios en la ubicación media son cambios a nivel general o de un núcleo concreto de ciudadanos. También deberían ser considerados otros factores que podrían tener un efecto sobre el cambio en las ideologías, como la transformación de la estructura socioeconómica de la sociedad, la evolución de los significados de ‘izquierda’ y ‘derecha’ (o incluso su sustitución por nuevos conceptos, como materialismo y postmaterialismo), y el efecto de las instituciones socializadoras (familia, escuela, medios de comunicación, relaciones sociales…). Por último, no podemos obviar aquel porcentaje de ciudadanos que, directamente, no se ubican en este eje. Recomiendo al respecto una imprescindible entrada de Lluís Orriols en La Moqueta.
Independientemente de todo ello, una conclusión parece clara: las mayorías que casi todas las encuestas otorgan al PSOE podrían ser poco más que un espejismo. El empate técnico se mantiene. Y todo pende de un hilo: el más mínimo fallo de Zapatero puede hacer que la derecha vuelva al gobierno.