Elecciones Europeas (II). La competición (bi)partidista

No nos engañemos. Las elecciones europeas sólo tienen de “europeas” el nombre. Pero es que no puede ser de otra manera. Ni los partidos enfocan la campaña en clave europea, ni los votantes piensan en Europa al ejercer su voto, ni la manera en qué están planteados estos comicios favorece el debate sobre cuestiones europeas.

Partiendo de que la competición partidista debe interpretarse, por tanto, predominantemente en clave nacional, ¿cómo se presenta la lucha por los 50 eurodiputados en juego? El Partido Popular partía en principio con una amplísima ventaja: el tipo de elección, la pésima coyuntura económica y la debilidad del gobierno de Zapatero deberían ser suficientes en principio como para asegurarle una victoria holgada, sin demasiada dificultad. Pero la realidad es tozuda: a una semana de la cita electoral, el empate técnico se mantiene, según las encuestas. Si la estrategia movilizadora del PSOE tuviera éxito, es posible que los populares ni siquiera consigan superar a los socialistas en votos.

Rajoy es quien más carne política se juega en estas elecciones. Una derrota - o victoria por la mínima - sería un duro golpe para su liderazgo, tal y como muchos se empeñan en recordarle. El éxito popular en Galicia, que él atribuye a la intensa campaña que realizó pueblo a pueblo, le dio un tiempo extra para reformular su estrategia y plantear el asalto a Moncloa (y también a Génova 13). Pero vista la elección del candidato y algunas de sus (in)decisiones durante la campaña, parece seguir viviendo únicamente en el presente continuo, en el ataque al monstruo de la semana. Como un cylon político que resucita después de cada embiste, aunque sin un “plan” a largo plazo que garantice su supervivencia más allá de las próximas elecciones.

Pero Rajoy no es el único que se juega gran parte de su crédito político el próximo domingo. Zapatero afronta, aún a pesar de esos supuestos “brotes verdes” que se otean en el horizonte, el peor momento de su presidencia. Poco más de un año después de su reelección, la valoración que hacen los ciudadanos de su gobierno se encuentra en su punto mínimo, pese al impulso que supuso el cambio de gobierno y el debate del Estado de la Nación. Es poco probable que una derrota del PSOE en estas elecciones le lleve a convocar elecciones anticipadas, pero es evidente que Zapatero necesita refrendar su respaldo popular para salir de la dinámica de soledad legislativa en la que se encuentra inmerso, motivo por el cual está implicándose tan directamente en la campaña.

Otro elemento en que se está manifestando de manera significativa la importancia de estas elecciones para los dos principales partidos de ámbito nacional es el tipo de mensaje político que están lanzando. Se trata de un discurso movilizador pero también crispante, que está impregnando de principio a fin sus campañas: el PSOE, azuzando el miedo a la derecha y sus soluciones ante la crisis; el PP, con su ya clásico discurso de “paro, despilfarro y corrupción”. Una estrategia ya veterana en la política española, pero que tristemente parece ser la más efectiva para el triple objetivo de toda campaña: asegurarse que “los nuestros” irán a votar, y por nuestro partido, intentar captar nuevos votantes ideológicamente próximos y evitar que antiguos votantes del partido acaben eligiendo la papeleta de otro color político.

En estas elecciones concretas, en que desaparecen los incentivos al voto estratégico (o “voto útil”), y en que por primera vez los votantes de ambos partidos cuentan con alternativas que les pueden resultar ideológicamente atractivas, éste último objetivo es el que parece estar guiando la campaña de ambos partidos. El perfil ideológico elevado de sus “spots”, “mítines” y apariciones en los medios parece tener el propósito de “cubrirse las espaldas” ante una posible fuga de votos a IU o UPyD, que con facilidad podrían ser capaces de obtener 1 ó 2 eurodiputados.

Dicho todo esto, ¿con qué titulares abrirán los periódicos el día 8 de junio? Las encuestas de los últimos días coinciden en manifestar un empate técnico (el margen de victoria del PP entra en todos los casos dentro del margen de error), aunque algo menos ajustado que el de la encuesta pre-electoral de CIS. En todo caso, estos datos se distancian bastante de los 6 puntos de ventaja que Hix y Marsh otorgaban a los populares en sus predicciones (basadas en datos de encuesta y variables de tipo político).

De cualquier manera, hemos de tomar estos datos con muchísima cautela por tres motivos: la muestra de estas encuestas era bastante reducida (a excepción del CIS; aunque en cualquier caso esto no es tan importante al tratarse de una única circunscripción), la enorme incertidumbre que existe respecto a la participación electoral (que pone en entredicho cualquier estimación que se haga en la “cocina” de cada encuesta) y el posible trasvase “oculto” de votos al PSOE, desde la abstención y otros partidos minoritarios. La importancia de estos tres aspectos es importante en todas las elecciones, pero aún más en las europeas, en que el electorado es mucho más volátil que en las generales o autonómicas y, por tanto, más propenso a cambiar su orientación de voto en el último momento.

En conclusión, es difícil prever qué ocurrirá el día 7 a partir de las ocho de la tarde. Los populares probablemente esperan una noche como la del 12 de junio de 1994. Los socialistas firmarían cualquier resultado cercano al del 13 de junio de 2004. Lo más probable, sin embargo, es una pírrica victoria en votos del PP y un empate en escaños, que no les sirvan ni a unos ni a otros para superar la situación de incertidumbre que ambos partidos están viviendo.

Seguir leyendo » · Escrito el: 03-June-2009 · · 3 comentarios »

Esperando un nombre

A escasos días del largamente esperado Congreso del PP en que se elegirá el equipo que liderará el partido durante los próximos años (al menos hasta 2011) aún se mantiene en al aire la gran incógnita: el nombre que elegirá Rajoy para acompañarle como ‘número 2′ de su candidatura. Más allá del debate sobre quién será en concreto esta persona, la decisión está cobrando un especial protagonismo, debido a un simbolismo que nadie se esfuerzan por ocultar: optar por un candidato con un perfil más moderado podría ser la confirmación del nuevo rumbo político que parece estar tomando la formación conservadora a raíz de las elecciones del 9M.

Esta nueva estrategia del PP estaría basada en una renovación tanto de cargos como de contenidos y formas. Por un lado, durante los últimos meses, Mariano Rajoy ha aprovechado las retiradas de líderes especialmente escorados hacia la derecha o el radicalismo (Acebes, Zaplana, San Gil…), que ocupaban cargos de mayor visibilidad mediática, para sustituirlos por otros percibidos como más "centristas" por el electorado (Sáenz de Santamaría, García Escudero, Basagoiti…). Por el otro, la labor de oposición durante estos meses ha dejado de lado el discurso apocalíptico del "se rompe España" y la "rendición del Estado ante ETA" para centrarse en temas como la crisis económica, la inmigración o el paro patronal de transportistas; que, sin abandonar el tono catastrofista, son tratados con una actitud diferente (en algunos casos incluso constructiva). Y eso por no hablar de su disposición a pactar con el gobierno en materia antiterrorista o a abrirse a posibles pactos con los nacionalistas; cuestiones éstas en las que hay que felicitarles por haber recobrado una cordura que jamás deberían haber perdido.

Los objetivos de esta nueva línea de acción política serían dos. En primer lugar, la estrategia de la moderación busca ganar terreno por el centro político, arrebatando votantes al PSOE. En segundo lugar, y de forma simultánea, lo que se persigue es desactivar el "voto del miedo al PP", que fue la clave que permitió la victoria de los socialistas, al conseguir aglutinar en torno a sí a votantes provenientes de diversas formaciones políticas minoritarias, temerosos de un nuevo gobierno del PP, que se veía como continuación del gobierno de Aznar de 2000 a 2004. En mi opinión, es éste segundo objetivo el primordial en esta nueva estrategia: no podemos olvidar que el PP obtuvo el 9M prácticamente los mismos votantes que en 2000 le dieron mayoría absoluta, y que, estudiando la distribución del voto en la escala ideológica, ya consiguió recortar de forma significativa la diferencia entre PSOE y PP en los votantes de centro.

Estos dos espacios de competición (el del centro y el del voto del miedo), cuya existencia ya quedó demostrada en elecciones como las de 1993 o 2004, y que en esta ocasión también intuíamos a nivel agregado, se confirman con datos individuales en un reciente - y muy recomendable - artículo de Julián Santamaría y Henar Criado en la revista Claves de Razón Práctica de este mes de Junio.

Una de las más interesantes conclusiones a las que llegan los autores, a partir de datos de una encuesta postelectoral de la empresa Noxa (que, sospecho, podría ser la misma utilizada por el PSOE para su famoso estudio sobre las elecciones), es que en el centro político se produjo un intercambio de votos tanto del PP al PSOE como del PSOE al PP, siendo el saldo positivo para éste último partido. ¿Y cuál fue la causa de este trasvaso de votos? Contrariamente a algunas de las intuiciones que ya expresé en este blog, no fue el leve "giro hacia el centro" durante la campaña, con ese énfasis de última hora en temas económicos o en la inmigración, lo que permitió al PP ampliar su base electoral en este espacio. Fueron todo el debate territorial y su frontal rechazo a la política antiterrorista de Zapatero los temas que más votos le permitieron ganar por el centro. En este sentido, y parafraseando el título del Informe sobre la Democracia en España en 2007 editado por la Fundación Alternativas, de reciente publicación, la estrategia de la crispación fue una derrota (al fin y al cabo, el PP perdió las elecciones), pero no un fracaso, por este motivo que acabo de exponer.

A todo esto hemos de añadir un elemento más: hasta el momento no se ha demostrado con datos de encuesta que el "voto del miedo" al PP fuera el elemento determinante para que el PSOE consiguiera ampliar su base electoral "hacia la izquierda" y hacia posiciones menos centralistas. A pesar de que, efectivamente, parece ser que los que cambiaron su voto eran los que veían a los populares como una formación más radical, no podemos olvidar eso de que "correlación no implica causalidad". ¿Fue esta "actitud" lo que llevó al "comportamiento"? ¿O fue un tercer factor lo que generó la "actitud" y el "comportamiento"? Hemos de tener también presente tres factores más : en primer lugar, en 2004 el PP era prácticamente igual de "radical" o "poco radical" (a gusto del consumidor) que en 2008 (de hecho, uno de los motivos que muchos adujeron para no votarles es que "eran los mismos"); en segundo lugar, ¿los fallos estratégicos de IU, ERC o PNV no tuvieron ninguna relevancia a la hora de explicar su pérdida de votos?; y, en tercer lugar, ¿no es posible que el discurso de Zapatero, más abierto al diálogo sobre temas territoriales, fuera lo que posibilitara también un "voto de premio" al PSOE?

Esta visión de la situación debería llevar al PP a preguntarse: ¿el "giro al centro" es lo correcto para ganar votos? Lo que a muchos ahora le podría parecer una estrategia acertada podría no serlo tanto en un futuro. Un PP más centrado, paradójicamente, podría perder a votantes de centro y derecha (desencantados con su acercamiento a los nacionalistas y su rechazo a utilizar la política antiterrorista como arma partidaria), que pasarían a engrosar las listas de UPD o a directamente no votar. Un PP más moderado es posible que no pudiera conseguir que antiguos votantes de IU, ERC, PNV, BNG…, que optaron por los socialistas en las últimas elecciones, reorientaran de nuevo el sentido de su voto. Un PP que rechazara las tutelas de la COPE o El Mundo, que apartara de su dirección a "notables" como Aguirre, San Gil, Vidal Quadras… podría dar la imagen de ser un partido con fuertes fracturas internas; algo que, como bien sabemos, no siempre es bien percibido por los votantes .

Lo más lógico, claro está, es que esto no ocurra así. Lo que cabe esperar es que, igual que en 1996, la moderación del PP le sirva para recuperar espacio político y para recobrar su capacidad para volver algún día al gobierno. Pero, ¿y si no fuera así? En cualquier caso, durante los próximos meses podremos valorar hasta qué punto esta estrategia le permite mejorar sus expectativas de voto, tanto a nivel nacional como en las diferentes elecciones que quedan hasta 2012. Una estrategia cuya pieza clave conoceremos hoy mismo, cuando Rajoy desvele el nombre de su ‘número 2′.

Actualización. La espera ha acabado: Rajoy elige como ‘número dos’ del PP a María Dolores de Cospedal .

Seguir leyendo » · Escrito el: 19-June-2008 · · 3 comentarios »

Y quien se quiera ir, que se vaya

Acción y reacción. Poco más de un mes después de que Rajoy pronunciara, de forma acalorada, estas palabras en un míting en Elche, ya son cuatro las figuras simbólicas que han abandonado el partido (Zaplana, Acebes, San Gil y Ortega Lara). Y cuarenta los dirigentes que, de una forma u otra, han criticado el presunto ‘nuevo rumbo’ que está tomando Rajoy como respuesta a la derrota electoral, materializado en un par de tímidas referencias a la recuperación de ese ‘viaje al centro’ que parece que nunca acabará y a la ‘nominación’ de Gallardón como uno de los candidatos a secretario general del partido.

Desde un punto de vista analítico, es interesante comprobar como esta serie de disidencias no suponen más que un cambio en el modo de canalizar la crítica interna dentro del Partido Popular. De acuerdo a la tríada conceptual sugerida por Hirscham, los miembros de toda organización pueden mostrar su descontento con su funcionamiento actual o alguna de las decisiones de sus líderes a través de tres mecanismos: la “voz” (interna, si no trasciende a los medios de comunicación; externa, si se realiza de forma pública), la “salida” (abandonar el partido) o la “lealtad” (abstenerse de realizar la crítica). La decisión por una u otra vía dependería, a priori, de la estructura de incentivos derivada de la pertenencia a la organización y de cada opción concreta.

En el caso del Partido Popular, la lealtad ha sido la nota predominante durante los últimos 20 años, por varios motivos: los enormes beneficios de pertenecer a un partido ‘grande’ (y con muchos cargos a repartir entre sus miembros), la amplitud de sus principios definitorios (el PP abarca la mayor parte del espectro ideológico a la derecha del PSOE), los enormes costes derivados de la crítica a un partido fuertemente jerarquizado (véase el caso de Piqué, por ejemplo), etc. Sin embargo, esta estructura de incentivos, después de las sucesivas derrotas electorales de Rajoy, ha cambiado, especialmente por el lado de los costes: la pérdida - aunque leve - del liderazgo interno de Rajoy ha propiciado la aparición de nuevos centros de poder en el partido a nivel regional (Madrid, por ejemplo); y la creación de un nuevo partido bastante dispuesto a acoger a los disidentes, así como el desarrollo de nuevas redes de comunicación (y la realineación de ‘viejas redes’) dispuestas a dar apoyo a los heterodoxos han contribuido también a hacer más fácil la crítica.

La resolución de esta crisis es, a estas alturas, prácticamente impredecible. Tal y como comenté hace ya unas semanas, es muy difícil aventurarse a interpretar los hechos de estos días desde el conocimiento parcial que puede tener un observador externo, de forma que lo único que podemos hacer es limitarnos a leer entre líneas lo que los líderes del Partido Popular pueden estar filtrando a la prensa. Hoy precisamente la edición digital de El País abre con la noticia de que Juan Costa podría presentarse como candidato alternativo a Rajoy, para lo cual el propio Presidente del partido podría cederle algunos de sus avales, con el propósito de mejorar la democracia interna y, por ende, también la legitimidad de Rajoy (más que probable ganador).

Sin embargo, la democracia interna no es la panacea que pueda solucionar todos los problemas del Partido Popular. Ni, por lo general, de ningún partido. Por una razón muy simple: es cierto que la democracia crea demócratas, pero es aún más cierto que para que la democracia triunfe, debe existir previamente un sentimiento de democraticidad, en el sentido “przeworkiano” del término (”la democracia es un sistema político en que el gobierno pierde las elecciones”). A nivel interno, el razonamiento es el mismo: para que triunfe la democracia, es importante que sus participantes estén dispuestos a asumir los resultados de la decisión del partido, sea cual sea. Que no se me malinterprete: no estoy dudando del sentimiento democrático del Partido Popular. No. Simplemente tengo mis reservas sobre que determinados sectores del partido estén dispuestos a asumir que Rajoy pueda ganar limpiamente la batalla interna, sin volver a buscar pelea durante los próximos cuatro años.

Concluyo con las cuatro claves centrales que, en mi opinión, subyacen y explican todo este conflicto, y que el tiempo parece estar demostrando como ciertas: los líderes fácticos del partido (al menos, los que cuentan con el apoyo de la ‘brunete’ mediática) sólo se presentarán si saben que ganarán la batalla; la estructura del partido es un factor a favor de Rajoy, y la explotará a conciencia; los medios de comunicación conservadores actuaran como espoleadores de la guerra interna; las nuevas tecnologías jugarán un papel clave en la renovación (SMS, redes sociales, blogs…).

Veremos cómo se desarrolla este conflicto en que, casi cada día, se producen novedades. Para un observador externo, sin duda, el tema resulta poco menos que entretenido. Sin embargo, me preocupan las consecuencias que pueda tener esta crisis en la propia democracia española, y en la ausencia de una necesaria labor de oposición al gobierno, especialmente en un momento de adversidad económica como el que estamos viviendo.

Más | Tres análisis muy acertados sobre la situación actual del PP, en Materias Grises, Sí, Ministro y en Debate Callejero (con la firma de Ignacio Sánchez-Cuenca)

Seguir leyendo » · Escrito el: 23-May-2008 · · 6 comentarios »

Ni tutelas ni tutía

La - hasta cierto punto - derrota política que ha supuesto para el PSOE el no conseguir la mayoría absoluta en la sesión de investidura, algo inédito en nuestro país desde 1981, ha tenido un protagonismo bastante relativo en los medios durante los últimos días, ensombrecida por la soterrada lucha interna que se vive en el Partido Popular. Es difícil prever qué ocurrirá de aquí al Congreso del mes de junio: ¿colmará Esperanza Aguirre sus poco ocultas ambiciones? ¿conseguirá Mariano Rajoy recuperar el liderazgo efectivo del partido? Seguramente, tardaremos años en saber con exactitud qué está ocurriendo estas semanas en los despachos de Génova 13, pero sí podemos tratar de interpretar los hechos a partir una clave que, en mi opinión, explica todo lo que ha pasado, pasa y pasará en el seno del PP.

La ‘piedra de Rosetta’ del funcionamiento del PP la encontramos en el X Congreso del Partido, en abril de 1990, en el que José María Aznar fue elegido Presidente del partido. Su elección supone la culminación de un proceso de refundación de la formación política, iniciado un año atrás, que pasa no únicamente por el cambio de nombre (de Alianza Popular y su ‘marca electoral’ Coalición Popular, a únicamente Partido Popular), sino también por el inicio de un cambio de discurso, abandonando posiciones más conservadores y optando por un programa más liberal. En este proceso de cambio, hay una idea que resulta clave: la unidad política. En la memoria había quedado bien grabado el Congreso Extraordinario de 1987, en que Hernández Mancha y Herrero de Miñón se disputaron, en un clima de gran tensión, la sucesión de Fraga al frente del partido.

Tras el fracaso de las elecciones europeas, autonómicas y municipales de 1987 y una fallida moción de censura al gobierno de González, Hernández Mancha, el elegido sucesor unos meses antes, dimite y es sustituido de nuevo por Fraga. En un momento en que el partido vive sus horas más bajas, Aznar, elegido como candidato para las elecciones de 1989, sorprende al conseguir un resultado muy por encima de lo esperado. Meses después, capitaliza este éxito convirtiéndose en Presidente del Partido, en un congreso, el X Congreso, que pasará a la historia por una imagen extremadamente simbólica: Fraga, delante de todo el auditorio, rompe en pedazos la carta de dimisión sin fecha que horas antes le había presentado José María Aznar [tal y como se recoge en el vídeo bajo estas líneas].

Formalmente, este gesto representa la total libertad que se le concedió a Aznar para dirigir el partido, escapando así de la larga sombra de Fraga. En la práctica, sin embargo, este gesto se convirtió en la base del funcionamiento actual del partido, basado en dos premisas: confianza ciega en el líder y negación permanente de las derrotas.

Por un lado, el Presidente del partido, a partir de este momento, se convirtió en el principal y único poseedor del poder efectivo y moral de la formación política, sin apenas contrapesos internos ni líderes que cuestionen sus decisiones. Esto se tradujo, en lo que respecta a la organización interna del partido, en una centralización y jerarquización extremas, muy superior a la de cualquier otro partido de ámbito nacional: todas las decisiones importantes habían de pasar necesariamente por el líder, desde la elección de las listas electorales hasta las propuestas legislativas.

En segundo lugar, la visión de Fraga rompiendo la carta de dimisión de Aznar simboliza a la perfección otra de las características del actual primer partido de la oposición: su dificultad para asumir las derrotas electorales o los escándalos políticos. Es el “aquí no dimite ni Dios“, que se traduce también en una ausencia de cualquier tipo de crítica interna, al menos de cara al público, y en consecuencia, en una gran dificultad para la renovación interna.

Estos dos elementos, que tantos éxitos electorales han reportado al Partido Popular, se han mantenido inalterables hasta el día de hoy, casi 20 años después: la decisión de Rajoy de mantenerse en el cargo pese a una segunda derrota electoral fue aceptada en un primer momento de forma casi unánime en el partido. Sin embargo, algo está cambiando: de forma más o menos visible, un sector del partido, liderado por Aguirre y con el apoyo de ciertos medios de comunicación, está luchando por erosionar la confianza ciega en el líder y las dinámicas de no renovación. Sin embargo, su estrategia no consiste en sustituir estas reglas por otras, sino en únicamente debilitar la legitimidad del líder actual para instaurar en su lugar otro.

Resulta complicado anticipar qué ocurrirá en el Congreso de junio pero, en mi opinión, y a la vista de estas dos claves interpretativas, hay una serie de conclusiones bastante obvias. La primera hace referencia a Aguirre: únicamente se presentará como candidata si está segura de contar con un mínimo de posibilidades de alzarse con la victoria. Recordando el fracaso de Herrero de Miñón en 1987, esquivará a cualquier precio una derrota que podría suponer su muerte política. En segundo lugar, Rajoy cuenta con una ventaja obvia, que seguramente explotará, y que es el hecho de dirigir toda la estructura interna del partido, sin apenas cambios desde tiempos de Aznar y, por tanto, favorable a mantener el statu quo. Por otra parte, el papel que los medios de comunicación conservadores jugarán será central: la crítica interna, silenciada dentro del partido, no dudará en convertirse en crítica externa, con el beneplácito de ciertos periódicos, televisiones y radios. En último lugar, las nuevas tecnologías permitirán seguramente la implicación de militantes de base en el proceso de renovación, no tanto de forma directa (por la ausencia de democracia interna), sino a través del ejercicio de la ‘voz externa’, en blogs, foros, redes sociales, etc.

El Congreso del PP, al que se unirán también a lo largo del verano los de otras formaciones políticas, como ERC o IU, permitirá, además, reabrir un debate sumamente interesante sobre los partidos políticos españoles, que es el referido a su organización interna. Cambios como la introducción de las nuevas tecnologías en la política, la descentralización creciente en nuestro estado autonómico, la necesidad de líderes cada vez mejor formados para lidiar con los medios, pero también más preparados para los cambios económicos, sociales y políticos del siglo XXI, suponen nuevos retos que nos permitirán dar nuevas respuestas a una pregunta ya antigua: ¿existe democracia interna en los partidos políticos?

Actualización. Al respecto de la renovación interna en el PP, hoy me han entrevistado en RadioCable, en la sección ‘Internet opina’: “Esperanza sólo se presentará para ganar, pero no descarto que Rajoy dimita

Seguir leyendo » · Escrito el: 11-April-2008 · · 7 comentarios »

La soledad de Rajoy

La derrota electoral ha dejado al PP en estado de shock. Tres semanas después de la noche fatídica en la que mucha gente pensó que Mariano Rajoy iba a dejar la política, el principal partido de la oposición sigue sin rumbo claro.

Por no haber, no hay ni siquiera argumentarios, esos textos que todos los diputados reciben cada día de la secretaría de comunicación para marcar la línea oficial del partido en todos los asuntos de actualidad. El último lo recibieron el día 12, según confirman varios parlamentarios, con una apresurada valoración de las elecciones. Nadie tiene claro qué línea hay que seguir: duro con el Gobierno, como antes de las elecciones, o llamadas al consenso.

Rajoy ha pasado casi toda la semana encerrado en su despacho. Ha recibido decenas de llamadas y papeles con propuestas sobre la estructura del grupo parlamentario y de la dirección que saldrá del congreso interno en junio. Pero no soltará prenda hasta mañana, cuando está convocada la Junta Directiva Nacional, un órgano de casi 500 miembros que convocará oficialmente el Congreso.

Sin embargo, a pesar del mutismo de Rajoy, y a su probada capacidad de sorpresa que puede dar la vuelta a todas las previsiones, hay algo en lo que la mayoría de los dirigentes consultados está de acuerdo: la derrota electoral, la segunda, que obligará al PP a otra larga travesía del desierto de cuatro años sin ninguna garantía de éxito, va a forzar algo que el líder pensó en realizar hace tiempo aunque nunca pareció tener el coraje ni la fuerza suficientes para hacerlo: un relevo generacional completo, que le deje a él, a sus 53 años recién cumplidos, prácticamente como único superviviente en las máximas responsabilidades de la generación que hizo grande el PP a las órdenes de José María Aznar a principios de los noventa.

Más en El País

La ‘dulce derrota‘ del PP se ha convertido en un regalo envenenado, un lastre que dificulta la renovación, y que deja en una muy débil posición a su líder. Rajoy, que durante estas tres semanas ha tenido una presencia prácticamente nula en los medios de comunicación, deberá dar respuesta a la más difícil de las preguntas: ¿qué estrategia debe seguir el partido a partir de ahora? La vía de la moderación, tímidamente iniciada durante la campaña electoral, parece que ha conseguido atraer a un importante grupo de votantes de centro, vistos los resultados. Pero Rajoy contrajo muchas deudas durante una legislatura de movilización permanente de sus bases sociales, y dentro del PP existen fuertes presiones para seguir caminando por esta vía de crispación y confrontación con el gobierno, incluso con destacados líderes (y lideresas) que están dispuestos a tomar las riendas.

La incertidumbre y la ausencia de novedad muestran a Rajoy como un líder dubitativo e indeciso. Un líder con pocos apoyos internos y externos. Un líder que se empieza a quedar rezagado en la carrera hacia 2012. Un líder más solo que nunca.

Actualización: Enrique Gil Calvo firma hoy en El País otro genial artículo sobre el tema de la renovación en el PP.

Seguir leyendo » · Escrito el: 31-March-2008 · · 2 comentarios »

Billete de vuelta a Galicia

La niña de Rajoy, al final, se llamó Esperanza. Y Esperanza no quiere esperar. Sí, es cierto que el PP ha subido este domingo, que ha mejorado los resultados de hace cuatro años. Pero la derecha ha vuelto a perder y muchos de sus barones, del partido y de los medios, no están dispuestos a conceder a Rajoy esa tercera oportunidad que sí tuvo Aznar. Eran otros tiempos, dicen ellos, pues el PP no había sido entonces un partido de gobierno. Y hay una diferencia fundamental: Aznar quería. Y parece que Rajoy no quiere seguir.

“Mariano no es una persona que necesite trabajar como político para comer, viviría mejor como registrador de la propiedad”, explica un dirigente del PP. “Y eso, en lo personal, desgasta mucho”. Hace cinco años, Rajoy y Rato competían por suceder a Aznar. El domingo, horas antes de que Rajoy se asomase al balcón de Génova para reconocer su segunda derrota, su viejo rival, Rodrigo Rato, anunció su enésimo trabajo bien pagado: un nuevo puesto asesor, esta vez en La Caixa, que redondeará aún más su rentable pluriempleo. Fuera de la política los hay que viven mucho mejor.

Mientras Rajoy prepara su salida, la derecha mediática le da por amortizado. Ha empezado poco a poco e irá a más si Rajoy cambia de idea e intenta seguir. Sus viejos aliados, los que le arrastraron hacia las posiciones más extremas, los que le han hecho perder, recurren ahora al cinismo. Pedro J. pide “una renovación en el PP” y Losantos dice que “algún cambio habrá que hacer”. La victoria tiene muchos padres. La derrota, aunque sea una derrota dulce, siempre es huérfana.

Más en Escolar.net

El rumor es cada véz más insistente. Fuentes cercanas al PP cuentan que fué la propia Esperanza Aguirre la que no quiso salir ayer al Balcón de Génova 13, para que nadie asociara su imagen a la derrota electoral.

Las mismas fuentes nos hablan de la posibilidad de Mariano Rajoy presente su renuncia a la presidencia del PP esta tarde o mañana y convoque una convención para elegir a sus sustituto…o sustituta.

Por supuesto, los rumores son solo eso, rumores.

Más en Netoratón

Actualización: finalmente, Rajoy no cogerá el tren de vuelta a Galicia. Al menos, no de momento.

Seguir leyendo » · Escrito el: 11-March-2008 · · 1 comentario »

Rajoy pierde, Zapatero no arrasa

Se han vertido muchas opiniones, y de muy diferente contenido y forma, sobre el debate del pasado lunes. Algunas se centran más en los aspectos comunicativos y la imagen que dieron los candidatos, otras en una posible interpretación de los resultados de las encuestas, otras en las habilidades dialécticas de los candidatos y su capacidad para lidiar con determinados temas, otras en el contenido de los discursos de los candidatos y sus líneas argumentales de fondo, y así un largo etcétera, porque interpretaciones del debate pueden hacerse tantas como ciudadanos que lo vieron. Es difícil aportar algo nuevo ante tantos y tan brillantes análisis, pero lo intentaré, centrándome en tres aspectos concretos del cara a cara.

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En primer lugar, Rajoy. Su estrategia se basó claramente en lanzar mensajes populistas y en acusar a Zapatero de mentiroso. La subida de los precios, la criminalidad, el diálogo con ETA, su etapa como ministro… todo se convirtió en un arma demagógica que no dudó en disparar una y otra vez. Precisamente sobre este tema hoy El País publica un interesante artículo, en el que desmonta algunas de las patrañas inventadas por Rajoy para desacreditar el gobierno de Zapatero (y también algunos de los datos que, de forma parcial, presentó también el socialista).

Una de las afirmaciones más pretenciosas, desde mi punto de vista, fue el porcentaje de inmigrantes en las cárceles españolas, que oscila en torno al 40%. Considero una irresponsabilidad muy grave utilizar estos datos a la ligera, porque lo único que producen es criminalización de los inmigrantes, alarma social y xenofobia. Ya expliqué aquí que las tasas más elevadas de delincuencia no se deben a la procedencia sino al nivel de exclusión social. Llevemos el ejemplo al absurdo: supongamos que el 80% de los presos tienen tatuajes, ¿esto significa que el hecho de llevar tatuajes aumenta la delincuencia? La cuestión es que, aunque prefiero pensar que el hecho de interpretar tan mal los datos se debe a pura ignorancia, me temo que parte de su manipulación fue consciente e intencionada. Y eso es grave, muy grave.

Una segunda cuestión, Zapatero. He de reconocer que sus intervenciones inicial y final fueron de libro, casi perfectas, y con mensajes muy acertados, como el hecho de reconocer sus fallos, o la atribución al Estado no el papel de ’salvador’ de los ciudadanos, sino de garante de la igualdad de oportunidades. Sin embargo, en el resto del debate, algo falló: su principal handicap fue el hecho de ser siempre quien cerrara los turnos de palabra. Esto le situaba ante una peligrosa encrucijada: responder los ataques constantes y demagógicos del líder popular o tratar de centrarse en aquellos temas que más le pudieran favorecer. En mi opinión, Zapatero intentó buscar una tercera vía, fracasando en el intento, y éste fue su gran error del debate.

Al socialista le faltó contundencia en su defensa contra las acusaciones de Rajoy, no consiguió guiar el debate hacia terrenos más favorables, y mucho menos fue capaz de poner verdaderamente contra las cuerdas a su rival. Rajoy perdió, lo dicen todas las encuestas, pero su derrota no fue consecuencia de una victoria de Zapatero, sino de sus propios errores. Veremos tras el segundo y decisivo debate, en el que Zapatero lanzará primero, si el líder socialista consigue ensanchar su ventaja sobre el popular.

Lo que está claro, y éste es el tercer punto sobre el que me quería fijar, es que el empate técnico se mantiene, al menos de cara a la galería: lo ajustado del debate favorecerá la movilización de la izquierda. La mayoría de ciudadanos pudieron ver el lunes a un Rajoy que no ha tirado la toalla en la carrera hacia la presidencia, a un Rajoy con un discurso populista que puede llegar a grandes capas de población; y a un Zapatero poco incisivo, perdido en algunos momentos, que pese a que desempeñó un papel en general aceptable, tampoco acabó de brillar. Por suerte, el lunes que viene tendrá otra oportunidad de demostrar su buena gestión durante esta legislatura y su superioridad, en todos los aspectos, al líder de la oposición.

Actualización: gracias a los comentarios de esta entrada, he llegado a otros dos interesantes análisis sobre lo que dio de si debate, uno de Antoni Gutiérrez-Rubí y otro de Domènec Pérez.

Seguir leyendo » · Escrito el: 27-February-2008 · · 8 comentarios »